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Por Luis Felipe Narváez

A mis nueve años, el Valle del Patía me reveló a Adelinda, mi tía. El dominio de su familia, una hacienda inmensa que podía alcanzar las mil hectáreas, era el telón de fondo para su presencia imponente. Mulata de figura robusta y voz de mando, su sonrisa estruendosa resonaba en la casona, mientras me servía frijoles carota, casi negros, en un plato hondo a modo de sopa.

Años después, la reencontré, siempre activa y firme, en Popayán, Sucre y Guachicono. Como una hoja al viento, desafiaba las corrientes del poder patriarcal, marcando su propio destino. En un acto de lucidez, se había liberado de las sombras del pasado y de las cadenas invisibles del disfraz del paternalismo y condescendencia que ataban su espíritu.

Adelinda deja un mensaje poderoso: las mujeres deben vivir sus sentimientos hasta las últimas consecuencias, deben tener total autonomía sobre su cuerpo, "ser libre es ser responsable de uno mismo", como diría Susan Sontag.

 Mi admiración por Adelinda, mi tía emancipada. Sabía que desafiaba al viento, y este se la llevó, pero su legado perdura en mujeres libres y las que luchan por ella. Fue la primera feminista de la familia, y su ejemplo, infaltable.

Hoy, a sus 93 años, frágil al viento, ojalá estas letras, cual fina capa de memoria, lleguen a su corazón.